El restaurante quedó completamente inmóvil después de aquella palabra. Nadie podía entender cómo un hombre como Gael Montenegro, conocido por su frialdad y autoridad, podía estar arrodillado frente a un anciano sin hogar. Valeria seguía sosteniendo la jarra de agua mientras observaba la escena sin poder reaccionar. Mateo retrocedió un poco en la silla, confundido, como si su mente intentara escapar de un recuerdo doloroso. Gael tomó su mano con cuidado, como si temiera que al tocarlo pudiera desaparecer otra vez. —Soy yo, papá. Soy Gael. El anciano miró su rostro durante varios segundos. —Gael… ¿mi niño? Los hombres que acompañaban al empresario bajaron la mirada. Algunos parecían contener las lágrimas. El hombre que todos temían acababa de convertirse en un hijo perdido buscando a su padre. Gael explicó que Mateo había desaparecido hacía 18 años,
cuando él todavía era joven. Durante todo ese tiempo había pensado que su padre había muerto después de una disputa familiar relacionada con negocios peligrosos. Nunca encontró su cuerpo, nunca tuvo respuestas. Pero ahora estaba sentado frente a él, vivo, envejecido y sin memoria. La rabia de Gael apareció cuando vio las monedas de Mateo todavía tiradas en el suelo. —Mi padre entró aquí con 120 pesos para comprar una comida caliente y ustedes lo trataron como basura. Ricardo intentó justificarse, diciendo que solo protegía la imagen del restaurante, pero Gael señaló la puerta. —La imagen de un lugar no vale nada cuando pierde la humanidad. Valeria observó que, pese a todo su poder, Gael trataba a Mateo con una ternura que nadie esperaba. Cuando descubrió que ella había pagado la comida con su propio dinero,
la miró con sorpresa. —¿Usted hizo esto por él sin saber quién era? —Solo vi a un hombre que tenía frío. Gael guardó silencio. Después sacó un cheque y quiso entregárselo, pero Valeria lo rechazó. —No lo hice esperando una recompensa. Mateo sonrió débilmente. —Tiene el mismo corazón que Elena. Al escuchar ese nombre, Valeria quedó paralizada. Elena era el nombre de su madre fallecida. —¿Conoció a mi madre? Mateo empezó a respirar con dificultad. Su mirada cambió. —Ella sabía la verdad. Gael se acercó inmediatamente. —¿Qué verdad? El anciano miró alrededor con miedo. —Nos encontraron. Valeria sintió un escalofrío. Mateo apretó su brazo. —No dejen que se lleven a la niña de Elena. Gael miró a Valeria confundido. Ella explicó que su madre había muerto cuando ella era pequeña y que nunca había conocido a ningún hombre llamado Mateo.
Pero el anciano negó lentamente. —No fue un accidente. La muerte de Elena no fue un accidente. Aquellas palabras cambiaron todo. Gael ordenó llevarlo a un hospital, pero Valeria insistió en que no fuera tratado como una propiedad más. Necesitaba médicos, estudios y descanso. Gael aceptó, aunque su mirada demostraba que estaba desesperado por conocer la verdad. Mientras la ambulancia llegaba, los clientes que antes se habían burlado tuvieron que recoger una por una las monedas de Mateo del suelo. Arturo Valdés fue obligado a arrodillarse y devolver cada peso. Cuando finalmente sacaron al anciano del restaurante, Mateo tomó la mano de Valeria y puso en ella una pequeña llave antigua de metal. —No Gael. Tú. Solo tú debes abrirlo. Valeria miró la llave sin entender. —¿Qué abre? Mateo cerró los ojos y susurró: —La pared detrás del viejo templo de San Miguel.
Antes de que suenen las campanas. Luego perdió el conocimiento. Gael observó la llave con una mezcla de miedo y sorpresa. Sabía que aquella pequeña pieza podía revelar el secreto que había destruido a su familia durante casi 2 décadas.
3. rész